La sinceridad es una frágil y temblorosa flor que puede quebrarse en las manos de aquel que la aprieta en el puño para acallarla y ocultarla... ¿es temor, lo que lo hace reaccionar así?. La sofoca, la ahoga y cuando abre la mano esta completamente trozada como la confianza en el.
Ese que ha roto el suave y sutil hilo de la honestidad, termina sufriendo en el desequilibro de la pérdida, es desconocido por la brillante luz de la verdad y deja de ser iluminado por la razón.
La falta de sinceridad y la deshonestidad paralizan, enceguecen y nunca por más que se ande se encuentra el camino para retornar. A un acto de mentir sigue otro y para ocultar al segundo debe haber
un tercero y de esta forma la mentira se vuelve una cadena interminable de encubrimientos.
El que no es veraz, descubre que no puede volver sobre sus pasos, pues ha omitido mirar cual de ellos es claro, desconoce por cual de los recovecos debe girar para encontrar donde inicio la historia y la retorció. Entonces se pierde irremediablemente en las fauces de sus cuentos inútiles hasta que decida ser franco o alguien lo descubra y lo libere como a los esclavos que viven en cautiverio.
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